Empieza por el aperitivo

Para la fase de picoteo (aceitunas, encurtidos, algún fiambre), las bebidas amargas como el bitter o el vermut sin alcohol son la opción más natural: despiertan el apetito sin llenar, igual que haría una caña o un vermut con alcohol.

Sigue con el primer plato

Si el primero es una ensalada, un gazpacho o algo fresco, opta por algo con acidez y burbuja: una kombucha ligera o un agua con gas con cítrico funcionan especialmente bien aquí, limpiando el paladar antes del plato principal.

Acompaña el plato principal

Aquí es donde más conviene variar según lo que sirvas: una cerveza 0,0 para fritos y mariscos, un mosto o zumo de uva para carnes y guisos contundentes, o un té negro frío para pescados más delicados. Este es el momento de revisar la ficha específica del plato que vayas a cocinar.

Termina con el postre

Para el final, las opciones más dulces como un zumo de melocotón, una infusión afrutada o incluso un café tienen mucho más sentido que seguir con bebidas amargas o ácidas, que entrarían en conflicto con el azúcar del postre.

Un consejo final

No hace falta servir una bebida distinta en cada fase si la comida es informal: elegir dos o tres opciones que cubran bien el arco completo (algo amargo, algo con burbuja, algo afrutado) suele ser más que suficiente para que nadie eche de menos el vino.

Busca el maridaje exacto de tu menú

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